Remedio en la gripe de 1918: vigilancia del tubo intestinal, “alcantarilla por la que los glóbulos blancos han de echar a los microbios”

Estudiantes de medicina nombrados "jefes de desinfección" en Ciudad Real en 1918, durante la pandemia de gripe (Vida Manchega, 218, Biblioteca Nacional de España)


Epidemias de gripe han existido desde “siempre”. La primera que registra la historia al parecer fue la que azotó a Europa entre 1173 y 1174. Pero hasta bien entrado el siglo XX no se conoció qué producía esta enfermedad. Concretamente, el virus de gripe humana no se descubrió hasta 1933, dos años después de que fuera aislado el de la gripe porcina. Una década más tarde se sintetizó la primera vacuna contra la gripe. 


Cuando la Humanidad no conoce cómo resolver un problema suele producir opiniones que posteriormente causan sonrisa o franca risa. En 1918, año más virulento de la pandemia que se llamó por ignorancia “gripe española”, ya que no se inició en España, los médicos emitían opciones absolutamente absurdas que el pulido lenguaje científico disfrazaba de rigurosas. Por ejemplo, lo que va más abajo lo decía un médico en un periódico español del siglo XVIII sobre el posible origen de la enfermedad (que consideraba bacteriana porque, claro, con su “ultramicroscopio” no llegaba a ver virus) y sobre remedios que podían servir y cuáles no. 


Al facultativo le traían muestras de sangre y esputos de pacientes de gripe hospitalizados, las cuales estudiaba en la "sección de Ultramicroscopia y de Cinematografía del laboratorio". Él observaba que echaba las muestras en caldo de cultivo y a las pocas horas crecía una “fauna” de estreptococos de toda laya, uno de los cuales creía que podía causar la enfermedad (el estreptococo es una bacteria, mucho mayor, por tanto, que un virus).


En el examen microscópico de los esputos de los enfermos, además de la múltiple mezcla de gérmenes que acusaban el variado sitio de su procedencia, pude apreciar como fenómeno constante la existencia de un bacilo corto y recio, en gran abundancia, que adoptaba, además de presentarse aislado, las formas de diplobacilo y de estreptobacilo de cadena corta, cuatro o cinco eslabones como máximum. Observé también la presencia constante de dos estreptococos de larga serie, uno grueso y otro menudo. Estos estreptococos se mostraban a veces aislados, constituyendo parejas, como verdaderos diplococos

 

El científico se preguntaba si sería este el patógeno de la gripe:
 

El caldo de cultivo de la sangre, rápidamente —a las veinticuatro horas de estar en la estufa— se puso turbio y el examen microscópico que de él hicimos —en las diferentes siembras— nos mostró la existencia de una cosecha purísima y muy abundante de un bacilo corto y recio que se presentaba, ya aislado, ya en diplobacilo o bien formando estreptobacilos de cadena corta. Parecía el mismo microbio que yo había encontrado en mis primeros análisis de los enfermos. Y esto motivó lo que dije a los representantes de la prensa en la información del Senado.

¿Es este el agente de la dolencia actual? Líbreme Dios de atreverme a dar en firme semejante aseveración. Para afirmar esto se necesita hacer y rehacer aquellas comprobaciones científicas escrupulosas y muy delicadas que usted y los doctos de la Medicina conocen. Mas sí puedo decir que en todos los cultivos logrados en caldo de la sangre y de los esputos de los enfermos, realizados en mi laboratorio con motivo de la presente epidemia, se presenta este bacilo, bacilo que puede corresponder al descubierto por G. Roux, Teissier y Pition, el año 1892, en la sangre de los pacientes afectos de gripe.

 

En cuanto el tratamiento, era un firme defensor del “suero antidiftérico” como tratamiento de las complicaciones graves: 


Esto no hay que explicárselo a ningún médico; todos lo saben mejor que yo. El especifico contra la pulmonía es el suero antidiftérico. Pero, entiéndase bien, bien administrado sin perder minuto y empleando el medicamento sin miedo. Usar el suero pronto y vigilar el corazón, es casi siempre salvar al pulmoníaco. Además, el suero antidiftérico, a las dosis marcadas y tomado por la boca, es. inofensivo. Además, el suero es un gran alimento. Además, el suero es siempre bactericida. De modo que, aun sin pensar en el peligro de la pulmonía, el suero por sí mismo es un buen remedio contra la gripe: ¡mucho más si se tiene el temor, aunque sea remotísimo, de que un agente infectante pueda dar motivo a una localización pulmonar.


Las familias suelen empezar el tratamiento casero contra la gripe, administrando al enfermo un purgante. Eso es un error que puede acarrear fatales consecuencias. El purgante quizá resulte un remedio indicadísimo en ciertos casos; pero es preciso, indispensable, que sea ordenado por el médico. En cambio, no hay inconveniente en que la familia administre al enfermo el suero antidiftérico, aun antes de llamar al doctor; no hay en esto ningún peligro. Porque el suero —ya lo he dicho y lo repito— es inofensivo, bactericida, antitóxico y «muy reconstituyente».


Claro que partimos siempre del hecho de que el suero sea fresco, de buena procedencia y conservado sin impurezas. Con esto y con no perder de vista el corazón y los aparatos pulmonar y renal, vigilando también el estado de permeabilidad de la piel y del tubo intestinal, alcantarillas por las que los glóbulos blancos de la sangre han de echar fuera las toxinas de los microbios, y con tratar debidamente la astenia consecutiva, he aquí un croquis de lo principal que ha de hacerse.
 

 

Fuente: España Médica, 20 de julio de 1918 (Biblioteca Nacional de España).

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